—No es una masa —dijo Leo en voz baja.
Los médicos se burlaron.
—¿Y tú qué sabes? —murmuró uno.
Leo tragó saliva. —Cuando intentó respirar, algo se movió justo aquí —señaló debajo de su mandíbula—.
El monitor cardíaco se quedó en silencio…
Ocho especialistas permanecían en silencio alrededor de la cama del hospital. El monitor mostraba una línea larga e ininterrumpida.
Plana.
El hijo de cinco meses del multimillonario Richard Coleman acababa de ser declarado clínicamente muerto.
Máquinas que valían millones habían fallado. Las mejores mentes médicas de Nueva York habían fallado.
Y en ese preciso instante, un niño flaco y sucio de diez años se abrió paso a la fuerza en el ala privada.
Se llamaba Leo.
Olía a calle. Sus zapatillas estaban rotas. Una gran bolsa de basura llena de botellas colgaba de su hombro. Los de seguridad intentaron detenerlo. Una enfermera le dijo que se fuera.
Pero Leo había visto algo.